martes, 9 de abril de 2013

Los escritores, eternos becarios

Sobre las colaboraciones en según que publicaciones, antologías y demás...

No sé si conocéis la antología Catorce Lunas, en la que participo con otras trece excelentes autoras y que cuenta con un prologuista de excepción: Francisco de Paula. Los beneficios de los autores van íntegramente destinados a Cruz Roja.
Pues bien, pensando en este proyecto en el que nos hemos embarcado con ilusión, me han venido a la mente múltiples «convocatorias» o «premios» de otra índole, que ofrecen a los ganadores o finalistas publicar sin dar nada a cambio, salvo el nombre en los créditos y a lo sumo un porcentaje de descuento sobre el precio base para el ejemplar que adquieran (manda narices, que ni se lo den como agradecimiento) y una palmadita en la espalda (eso cuando no  cobran por ello, que de todo hay...)

Las ganas, la ilusión o incluso el ego son los peores enemigos del autor y de nuestros semejantes. Regalamos el fruto de nuestro esfuerzo y con ello condicionamos a los siguientes a hacerlo, porque ¿para qué van a pagar por uno teniendo mil gratis? 


Y esa es una cadena que hasta que todos los eslabones nos revelemos seguirá esclavizándonos y convirtiéndonos en instrumentos de editoriales profanas y gente sin escrúpulos que no buscan más que el lucro, sin tener en cuenta la calidad de lo que ofrecen y mucho menos los sentimientos de los que se sienten «bendecidos» por resultar partícipes de sus múltiples proyectos no remunerados (para los autores, claro. La «banca» nunca pierde).

Hay casos y casos, todo sea dicho. Para abrirnos camino puede que debamos  ceder (pero existen formas ortodoxas de hacerlo. ¿O acaso el becario se pasa la vida entera trabajando sin cobrar?). Cierto es que algunas ocasiones o causas lo merecen (y mucho), pero en otras hay que estar ojo avizor, porque la única «causa» quizá sea el que otros se llenen los bolsillos a costa de nuestro trabajo (y sin tenernos muy presentes ni tan siquiera). Bueno, reconozcamos que quien más y quien menos  hemos caído en esta trampa o hemos nadado rozando el anzuelo. Como suele decirse: «no te acostarás sin saber algo nuevo». A base de tropezar con el mismo peñasco, o ver a otros caer, aprendemos la lección; más vale tarde que nunca. Aquí queda mi pensamiento escrito para invitar a la reflexión (o al sueño, quién sabe. Si no os aburre lo suficiente, podéis contar ovejitas, que siempre funciona).